julio 28
Llueve, caen gotas sobre la ciudad y sus edificios. Es la lluvia que desciende en el campo, en la montaña, en el mar.Es la misma lluvia que da sustento al campesino, es la que refresca el calor insoportable de la tierra, y es también la que produce energía y nos da alimento.Es la misma lluvia que cae ligera o fuerte en las calles de la capital, por donde camina la gente, en donde se ubican los comercios callejeros que ofrecen ropa, verduras o sueños.Es la misma lluvia que moja a los niños que duermen en los rincones mugrientos de algún callejón, protegidos tan solo por su ropa y quizá, cartones viejos que alguien creyó no necesitar. Y junto a ellos, otros pequeñitos que recorren todos los días las aceras josefinas, buscando dinero, comida y en el fondo, un poco de amor.Llueve, y esa lluvia es la que se desliza en los techos de las casas y en las ventanas de las tiendas.
Esa misma lluvia que alegra al pajarillo y le inspira a cantar. Esa lluvia que cae en el patio de un hogar de ancianos, donde nuestros viejos juegan a recordar las escenas de tiempos pasados, y por qué no, de tiempos mejores. Esa misma lluvia es la que moja los parabrisas de los autos, de esos que recogen mujeres en las esquinas; mujeres que por momentos, se creen mercaderes que cobran por su cuerpo como si fuesen un alimento.Esa es la misma lluvia que resbala en los paraguas de quienes caminan de prisa, de los que sin saber, se unen y se convierten en cientos que transitan las calles preocupados por avanzar, por no sentir húmeda su ropa, olvidando que el sentir nos hace más humanos.¿Y qué podría ser mejor que tener la dicha de sentir? Sentir el frío, la brisa, el sol que descuidado se asoma por momentos; sentir a través de los sentidos.Sentir el olor de un perfume que nos atrajo la atención, y no sólo olerlo; olfatearlo. Sentir la mirada del hombre que se sube al autobús para vender sus “chucherías” y no sólo mirarlo; observarlo. Sentir el amor con que fue preparado el almuerzo del día, y no sólo saborearlo; degustarlo.Si aprendiéramos a sentir, entenderíamos que la mente fue puesta para algo más que memorizar, calcular, evaluar o almacenar.Quizá sentiríamos que las diferencias fueron creadas por alguien que tenía un miedo espantoso por todo aquello que fuera diferente.
Entonces, abrigaríamos con una sonrisa, y nuestra sombrilla, a la mujer que permanece bajo la lluvia con su niño en brazos, en medio de sujetos egoístas que no pueden ( o no quieren) taparla con la suya, simplemente por que ella es víctima orgullosa de su acento nicaragüense.Llueve, caen gotas casi congeladas que rebotan en la calzada. Las personas caminan apretujadas. Una anciana va con sus bolsas donde lleva “la comedera”; pisa un charco y resbala, por la calle ruedan los tomates y las lechugas que no tardan en ser aplastadas por los pasos infranqueables de los peatones.Y como escribió Jorge de Bravo (1989): “¡Hay tanto paso muerto en este pueblo!” p.37, que nadie se detiene a ayudarla porque claro, no es su madre ni su abuela, pero es que se nos olvida que somos como espejos, y que los ojos de esa mujer reflejan el brillo de los miles de ojos restantes que se encuentran por ahí, en algún lugar; los ojos de una madre, de un hijo, de un sobrino o de un amigo, del señor presidente o del carnicero de la esquina, del buen profesor o de la persona amada.
En los semáforos, un tipo aguarda el cambio de luz y a la señal esperada se lanza con todas sus armas listas para ganarse la admiración, la risa y las monedas de quienes son testigo de su espectáculo.No le importa que su traje se moje, ni que el maquillaje le resbale por la cara; simplemente continúa: grita, salta, mueve objetos hábilmente entre sus manos. Finaliza su rutina y con la misma satisfacción de Pavarotti después de un concierto, se acerca a su público para cobrar la bien merecida paga de su labor. Algunos le regalan de buena manera algo del “menudo” que acuñan en las bolsas del pantalón, otros le agradecen su rato de distracción con elogios muy característicos: -¡Jale vago!, ¡trabaje!, ¡qué varas!, ¡qué loco!…De pronto las miradas cambian de lado. Las manos toman fuerte los bolsos, carteras y demás artículos; algunas otras presurosas limpian el vidrio empañado del carro para mirar con atención el “espectáculo viviente” que cruza la calle antes de que se ponga la luz verde.Es un hombre joven, camina bajo la lluvia lento, sin prisa. Siente las miradas de todos y no le importa. Viste ropa negra con cadenas que salen de todos lados. Su pelo nace en picos hacia todas direcciones y su cara casi brilla por los aretes que la adornan.De inmediato capta la atención de los que impacientes hacen fila en la parada de la Fischell. La inseguridad ciudadana está a la orden del día, asaltos en todos lados, a cualquier persona, a cualquier hora… Quizá por eso es que quienes lo ven en el camino le tienen miedo. Pero como diría Freud ¿es un temor o un deseo?.Puede ser que lo que ocurra en realidad, es que envidiamos a ese jovencito que viste como quiere, sin ninguna preocupación por el ¿qué dirán?; puede ser que ese muchacho encarne nuestros vivos deseos de ser libres. Libres de vestir, libres de pensar, libres de sentir, libres de actuar, libres de soñar…Y entonces a final de cuentas ese hombre extraño, loco y diferente, no lo era tanto como creíamos, porque lo que nos hizo sentir incómodos fue la sola idea de pensar que él estaba disfrutando de su libertad. Y entonces tendría razón Roy Poter (1989) al afirmar “el loco podría ser el único hombre libre” p50.Continúa la lluvia, esa lluvia que decrece pero nunca cesa. La misma lluvia que golpea las ventanas de los hospitales, en donde un médico corre por las escaleras para evitar que sea esa lluvia la que robe el último suspiro de quien se espera sea eterno.
Es la misma lluvia que cae sonora, fuerte en las latas de un viejo techo, de una casa aún más vieja. Ahí adentro, se mueve la violencia, “la que no impacta ni atemoriza salvo a quienes desde siempre la padecen: la violencia del hambre, de la escasez, de la orfandad, la de una niñez que sólo puede ser vivida adultamente, la de una maternidad sin espacio para el goce, la de un amor sin tiempo para la esperanza”. (Vásquez y Tamayo; 1998, p.25)Hombres inconscientes que se bajan de sus autos ocultando la cara. Hombres mentirosos, ladrones de sueños, homicidas de esperanzas. Hombres expertos en el trueque, que cambian inocencia por dinero, alegría por tristeza, infancia por muerte. Mujeres cómplices que asesinan día a día el futuro de nuestro mundo. Que prefieren la pasajera seguridad de algunos dólares a la eterna confianza del país en manos de los niños.¿Y los otros? Esos que están sentados frente a un escritorio con su nombre impreso en una placa al servicio del pueblo; esos que desde ahí se esfuerzan en hacer tan poco por rescatar nuestras caritas pintadas de helado, nuestros saltos chiquitos en los charcos, nuestros besitos con chocolate que se esfuerzan por hacer eco entre las avenidas para que se escuche su voz.¡Un millón de niños y niñas son explotados con fines sexuales al año! Anuncia un periódico a la vista y paciencia de todos los transeúntes; esos que no se detienen a mirar, esos que no hacen nada al respecto. Esos que aguardan a que pase la lluvia entreteniéndose en las ideas de lo que harán en un mañana que está amenazado por nuestra propia cobardía.Llueve.
Caen las gotas en diagonal, impulsadas salvajemente por la fuerza del viento; ese que sopla enfurecido como queriendo que se le atienda. Ese viento que forma figuras en el aire, que se cree artista y siembra acuarelas en lienzos invisibles; ese que sin conocer de armonías, disonancias y tonalidades plasma sus mejores sinfonías en pentagramas que surgen improvisados en las copas de los árboles; ese que se muestra cooperador con la chica media bohemia que le canta al amor su canción. Y recita de memoria las elegías de Rainer María Rilke (1968) : “Sí, es verdad que las primaveras te necesitaban.
Algunas estrellas te instaron a que tú las contemplaras. Se alzó hasta tí una onda del pasado, o al pasar por delante de una ventana abierta las notas de un violín se te entregaron” p.113.Y ella se siente especial, y desde la calidez de su cama se permite soñar; e idealiza de forma casi palpable los sucesos que espera actuar.
Se entrega al sonido de la lluvia y deja que el pensamiento vuele libre unido al resto del presente de nuestro país.Porque somos los jóvenes quienes tenemos el deber de luchar por lo nuestro; porque somos las ideas frescas, la fuerza incansable, la voz que no puede callarse, la determinación franca y apasionada de realizar una mejor labor. Porque somos el fuego latente, nunca reprimido que ni el aguacero más torrencial podrá apagar.
Llueve, caen gotas diminutas sobre el cabello de una niña que silenciosa se detiene a la puerta de un apartamento. Mira a la gente que camina como hormigas, una tras de otra. Busca entre los rostros como quien lee entre líneas. Atenta escucha los frenos de un vehículo que resbala sobre la calle mojada. De nuevo centra su atención en las personas. Al instante brota una sonrisa en su boca que ilumina todo el rostro y la niña corre debajo de la lluvia tan rápido como puede. Es que miró su ángel venir; ya no le dolió el golpe al caer de la bicicleta, ni se preocupó en limpiar su abrigo que evidenciaba el inminente asalto a la caja de galletas. Es que llegó su ángel que la abrazaría fuerte con sus alas, que la mimaría dulcemente hasta que cayera la noche, que le daría cientos de esos regalos que no cuestan dinero: besos, caricias, suspiros … –¿Te mojaste mucho mamita? – le pregunta a su ángel, y así comienza una de tantas conversaciones a la tertulia de la tarde.Continúa la lluvia, menos fuerte sin fluctuar tanto. En segundos las cuadras centrales se llenan de historias tan diversas y tan similares.
Brotan sentimientos, se cruzan miradas, se intercambian sonrisas o se roban salveques de las espaldas.Llueve, y bajo esa lluvia caminan parejas tomadas de la mano, algunas unidas por un abrazo o por su palabra. Jung y sus arquetipos no se instauraron culturalmente en la sociedad del aquí y el ahora. Su ánima y ánimus se dejaron olvidados (tal vez a propósito) en algún lugar de la mente o del corazón. Quizás se equivocó al afirmar que “ninguno de nosotros es hombre o mujer en forma pura”. Que “el arquetipo del ánima es el lado femenino de la psique masculina y el arquetipo del ánimus es el lado masculino de la psique femenina” (Engler, 83:1998).Perdimos contacto con esa parte nuestra, gracias al estereotipado rol de género que decimos cumplir en masa. Quizá por esa razón es que son los hombres quienes llevan el paraguas en una mano y con la otra abrazan a su compañera. Y tal vez esa misma razón es la provoca que las mujeres carguen a sus hijos y que su esposo las siga de reojo.Puede ser la misma razón que induce a que, cuando la pareja llega a casa cansada y mojada, sea la mujer quien prepara un buen café y el hombre quien se recuesta en el sillón a ver el noticiero.
Quizá por esa razón las mujeres que trabajan en la Asamblea Legislativa pelearon un tiempo para estar con su familia, y los hombres que también laboran allí se opusieron, ¿será acaso que estos hombres no son padres, esposos, hijos? O ¿será que se acostumbraron a vivir expropiados de sus sentimientos, huyendo de todo aquello que les haga “menos hombres”?.Llueve; esa lluvia que no hace excepción de personas, moja a todos por igual. Tenemos mucho que aprender de la naturaleza. De ese sol que nos calienta a todos, de esos árboles que nos brindan su sombra sin preguntar quiénes somos. De ese río que nos regala su agua sin decidir si la merecemos, de esa luna que escucha nuestras historias sin negarse.Caminan dos hombres juntos debajo de la lluvia, y parece que las gotas brillan en sus ojos. Quienes están al otro lado de la acera los miran y se mofan. Uno de ellos sigue hacia adelante fuerte, rudo, seguro; el otro no encaja del todo en la clasificación tica de hombre, y sin embargo los dos avanzan juntos. La risa llena los labios de los espectadores y éstos, sin ningún reparo se dejan caer en los brazos del choteo. Que ¡se les caen las plumas!, que ¡qué maes más playos!, que ¡Dios tenga misericordia de ellos! Se vuelve tan fácil criticar, se vuelve tan sencillo estigmatizar, señalar, castigar; asumimos el papel del Creador del Universo y juzgamos con el más insensible corazón, con la más pesada mano de hierro. Y entonces se hace necesario que alguien pronuncie aquellas palabras de Machado: “Por mucho que valga un hombre, no tiene valor más grande que el valor de ser hombre”. (Bonet, 21 :1994)Porque por igual sueña quien construye un edificio como quien le escribe poemas a la vida, igual siente miedo el niño en la oscuridad de la noche que el viejo en la oscuridad del alma. Porque igual tristeza siente quien perdió a su madre como quien perdió la ilusión, igual alegría siente quien ganó un amor que quien ganó el mundo.
Llueve, caen gotas a la razón del arco iris que majestuoso muestra sus colores al mundo. Es la lluvia que se deja caer sin rumbo fijo; es la lluvia que refresca las plantas, que engrosa las represas, que moja la arena de la playa.Es la lluvia que aumenta su intensidad y anuncia el fenómeno que conmueve a la Creación, ése que hace que llore la luna, que aplaudan los árboles, que ría la cascada; ése que logra la atención del planeta entero, ése que logra regenerar el ciclo de la vida.Llueve, y sopla el viento. ¡Que llamen a Silvio, porque la era se ha propuesto parir un corazón, y que convoquen a Nietzsche porque el orgullo se vuelca en origen!
Crece la agitación, el sudor se cristaliza y los gemidos suben a su máxima expresión; figuras blancas se mueven en la habitación, el tic-tac del reloj carcome las ansias de los que esperan.Es la misma lluvia que acaricia los edificios en el centro de la capital. Es la misma lluvia que trae frío a quienes se olvidaron de asegurarse la chaqueta y la bufanda.Es la misma lluvia que se apega a la nostalgia de quien abandona la Patria en aras de un futuro mejor. Es la misma lluvia que trae en su seno la amplitud de la Tierra, el sueño de vivir.Brota el llanto de quien se asoma a la vida, y es percibido por la naturaleza entera quien le hace una reverencia y continúa su labor cotidiana.Llueve, caen pequeñas gotas sobre la ciudad y sus edificios. Es la lluvia que alberga hechos, pasiones, anhelos.Llueve; y se recrean miles de diálogos, como si fuéramos parte de la puesta en escena de un gran guión, como si estuviéramos condenados a vivir nuestras historias bajo la lluvia.
BIBLIOGRAFÍA
• Bonet, J. (1994). Sé amigo de ti mismo. Editorial Sal Térrea. España.• De bravo, J. (1989). Los despiertos. Editorial Costa Rica. Costa Rica.
• Engler, B. (1998). Teorías de la personalidad. Editorial McGraw Hill. Cuarta edición. México.
• Poter, R. (1989). Historia social de la locura. Editorial Grijalbo. España.
• Rilke, R. (1968). Antología poética. Editorial Austral. España.• Vásquez, R y Tamayo, G. (1989). La violencia como problema.