septiembre 2
Erase una vez…

Sábado 2 de septiembre de 1978 una madre angustiada y adolorida y un padre expectante aguardaban con emoción la llegada del primogénito que estaba por llegar, que aunque ya se había anunciado, ese pequeño se resistía a nacer como augurando que su ingreso a este mundo no era mejor que el cálido ambiente en el seno materno.

Pero lo inexorable finalmente se impuso, y con dificultades el pequeño nació después de un prolongado y doloroso alumbramiento.
Fue recibido y bienvenido con muestras de alegría y cargado con grandes expectativas. Ese pequeño llegado con inocencia, debilidad, dependencia, inauguraba su entrada a este mundo ignorando lo que el destino le deparaba. Nadie podía predecir su fortuna. Era una carrera, que conforme iba andando, iba descubriendo su mundo. En ella encontró cariño y adversidad, amor y sufrimiento como un preámbulo de lo que sería toda su vida. Regalos, Navidades, fiestas, cumpleaños y enfermedades propias de la edad, inestabilidad de sus padres, pequeños traumas que fueron surgiendo como antecedentes que fueron moldeando su personalidad.
Días pasaron, semanas transcurrieron, años fueron quedando atrás, y ese niño fue creciendo. Niño normal, con inquietudes de niño, esperanzas, anhelos, frustraciones, sueños, ambiciones, caídas, levantadas, todo ello se fue grabando poco a poco para formar su acervo experimental.
Niño, adolescente, joven, escuela, aprendizaje, experiencias, traumas.
Mozo, buen mozo, amistades, estudios, derrotas que se convierten en victorias porque esa es la pedagogía de la vida. Se aprende a fuerza de sufrir, de golpes, enfermedades, traumas, que al capitalizarse van formando experiencia, van formando carácter, van dando solidez, desarrollo. Como el Herrero que a fuerza de golpes sobre el acero caliente va forjando, dando forma.
Edad de la experiencia va entrando. Nuevas ambiciones, nuevas satisfacciones. El forjador persiste en su tarea, moldea, acuña, troquela. Más sufrimiento pero se va adquiriendo resistencia
Finalmente llega la etapa de la estabilidad. Estabilidad emocional, afectiva. Adiós a un modo de vida que ya pasó. Adiós a aquellas experiencias con los amigos, irreflexivas y hasta irresponsables, pero gratas y encantadoras. Ahora ha llegado un complemento que viene a llenar un vacío en el corazón de todo hombre. Un anhelo que mientras no se realice, siempre existirá un vacío que clama por esa parte. Algunos lo llaman la media naranja, la costilla, términos prosaicos. A mí me gusta que se le denomine: la ayuda idónea.
Y como colofón se cierra el ciclo. Ese del que estoy hablando, como puedes percibir se trata de uno mismo. Empieza este ciclo con un nacimiento y se cierra con otro nacimiento. Pero no es el final, porque la vida sigue, no se detiene, marcha inexorablemente. A veces quisiéramos apurarla y a veces detenerla, pero no podemos hacerlo, ella tiene su propio ritmo. ¿Que hacer entonces? Caminar con la pauta que ella nos marca. ¿Qué nos presenta? Momentos placenteros y momentos dolorosos. Pero todo es para bien, porque si consideramos la aflicción pura, esta no es una desgracia. Es la consecuencia de algo que se hizo indebidamente, y la vida que está diciendo: Corrige eso que hiciste mal. Tomare experiencia, agarrando madurez, adquiriendo entereza.
Y al final uno mismo sale ganando porque al superar toda la amargura se llegar a la cima y se puede ver hacia abajo donde quedó todo el sufrimiento y todo lo negativo como un recuerdo vago y como un andamiaje para edificar una relación profunda, madura, estable con uno mismo y con la familia.