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El arte de ser papá

abril 28

Convertirse en un padre efectivo significa hacer una serie de adivinanzas educativas y ver qué es lo que funciona. Al hacerlo, inevitablemente cometemos errores. Habrá momentos en que somos rígidos cuando debimos ser relajados y otros en los que estabamos relajados y debimos ser firmes o bien fuimos inconsistentes o injustos. Cada uno hará juicios basados en la información que tenemos en un momento determinado, para darnos cuenta poco después de que no hicimos la decisión correcta. Todos diremos o haremos cosas que lastimen a nuestros hijos porque estabamos cansados, frustrados o demasiado enojados para controlarnos. En ocasiones, repetiremos errores que cometieron nuestros padres y que nosotros juramos que nunca cometeríamos. Siempre esperamos que ninguna de nuestras equivocaciones dañe a nuestros hijos o ponga en riesgo su seguridad, su autoestima o su alma. Sin embargo, cada vez que hacemos algo nuevo, inevitablemente comentemos errores, es parte de la curva de aprendizaje.

El valor de los errores
Las respuestas “incorrectas” son el corazón del proceso de descubrimiento científico. Descubrir qué está mal a través de la exploración y la examinación es que ayuda a que descubramos qué es lo que funciona. Los errores son ladrillos importantísimos en el proceso de solución de problemas. Cuando un niño aprende a caminar, caerse es tan importante como volverse a levantar.

Muchos de nosotros no hemos aprendido a apreciar los errores como oportunidades de crecimiento. Cuando cometemos un error, nos juzgamos duramente. Los errores no encajan en nuestra visión de nosotros mismos como “padres perfectos”. Pero la perfección, aún si ésta fuera posible, no es lo que los niños necesitan de nosotros. Es mejor para los chicos tener padres que demuestren como se puede seguir creciendo a pesar de las fragilidades humanas.

Formando una respuesta sana a los errores
Los niños nos observan cuidadosamente. A través de nuestro ejemplo, podemos enseñarles que la forma en que enfrentan sus errores es tan importante como el hecho de haber cometido el error:
Reconozca sus errores. Ese es el primer paso.

Comprenda que los errores son manejables. Si al cometer una equivocación nos decimos “Oh, no, la regué. Nunca lo volveré a intentar”. Estamos enseñando que los errores son insuperables. Si por el contrario decimos “Bueno, eso no funcionó, creo que tendré que intentarlo de otra manera”, le damos a nuestros hijos una excelente declaración de optimismo. Eso es significativo para un niño que va a aprender a base de errores durante toda su vida.

Hable con su crítico interno. Para muchos de nosotros, aceptar nuestros errores requiere de amordazar al crítico interno que trata de convencernos de que nunca podremos hacer las cosas bien. Debemos tratar de remplazar esa voz por una más constructiva que diga “Eso no funcionó, ¿por qué?. ¿qué puedo intentar distinto esta vez?

Recordemos que ser capaz de corregirse sí mismo es una verdadera señal de fortaleza. Admitir los errores requiere de mucho valor.

Pedir perdón. “Lo siento” es una expresión indispensable en el vocabulario de un padre.

Tomemos medidas para evitar el mismo error. A pesar de que es importante reconocer los errores, no basta con decir “Ups, lo arruiné, lo siento”. Si nos detenemos ahí, nada evitará que volvamos a caer en el mismo error. Si en verdad queremos cambiar, necesitamos hacer un salto cualitativo del reconocimiento al análisis y eliminación de ese error.

Demuestre cómo se aprende de los errores. Dígale a su hijo lo que va a hacer: “Voy a hablar con alguien que sabe mucho de cuando las personas se enojan y no pueden dejar de gritar”, o “Voy a comenzar a preparar la cena más temprano para no andar apresurado y enojado por las tardes”, o “Voy a la escuela de padres para conocer nuevas ideas sobre cómo podemos hacer la hora de dormir más agradable”.

Incluyamos a nuestros hijos en el proceso de solución de problemas. A los niños del preescolar les encanta decir sus ideas y en general, sus sugerencias pueden ser muy útiles. Un padre comentaba que cuando tenía un problema le preguntaba a su hijo de 3 años para que lo aconsejara: ¿qué crees que debería hacer?, ¿cómo crees que debemos manejar esta situación?

Usemos el humor. En ocasiones, el humor puede dar una pista cuando nos estamos preocupando por los posibles errores que cometeremos. Podríamos pasarnos la vida preocupados por si estamos haciendo bien las cosas o no , por ello necesitamos el alivio de la risa y el humor. Reírnos de nosotros mismos es una virtud que exige valor, autoconocimiento y fuerza inquebrantable.

Recuerde que los chicos son durables. Los niños rara vez son dañados por sólo uno de nuestros errores. Ellos aprenden más de la consistencia de nuestras repuestas a través del tiempo que por los momentos esporádicos en que “la regamos”.

El cuento de un astronauta mexicano

abril 23

Cuentan que en el año 2000, cuando el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa era un político en ascenso y Presidente de la Asamblea de California, fue invitado a cenar a casa del empresario mexicano Carlos Slim, se le pidió, como mexicano-estadounidense, que explicara en pocas palabras,
la diferencia que había entre México y Estados Unidos.

Esto fue lo que contestó Villaraigosa: “Mire usted, es muy simple, si mi familia se hubiera quedado a vivir en México, el día de hoy yo estaría sirviendo esta cena.” Y si hubiera estado en los EEU..


*Quizá hubiera sido el caso del astronauta José Hernández Moreno, quien nació el 7 de agosto de 1962 en French Camp, California. Es estadounidense. Sus padres originarios de un ranchito llamado Ticuitaco, cerca de La Piedad, Michoacán, México, migraron a Estados Unidos, como ilegales, para emplearse en la recolección del tomate y el pepino.

El propio José Hernández trabajaba todos los veranos en el campo, recuerda cuando un día estaba limpiando con azadón una fila de remolacha y escuchó en un radio que Franklin Chang Díaz había sido seleccionado como astronauta, la noticia lo motivó y ese día dijo: “Yo quiero viajar al espacio.” José Hernández lo logró.

Estudió ingeniería, alcanzó el grado de doctor, ingresó a la NASA , se preparó y por fin el 29 de agosto de 2009 despegó como parte de la tripulación del transbordador espacial Discovery, en una misión en la Estación Espacial Internacional.

Pero., ¿qué hubiera hecho José Hernández si su familia se hubiera quedado en México? Es claro que no habría alcanzado su sueño de volar al espacio. Los futuros posibles de José Hernández  están en la estadística de tantos mexicanos pobres, campesinos, de Michoacán y de otros estados del país, que no tienen opciones y su futuro es muy limitado.

Difícilmente hubiera pasado de la primaria. Estadísticamente hubiera abandonado la secundaria y por supuesto su educación hubiera sido de muy mala calidad.

Quizá se hubiera quedado a sembrar su tierra, lo que le hubiera garantizado un futuro de miseria, con ingresos inferiores a los dos dólares al día.

Quizás hubiera emigrado a la ciudad, con la secundaria inconclusa, si es que conseguía trabajo, sería jardinero, mesero, obrero en una maquiladora, trabajador de la construcción o conductor de microbús.

Pero la familia de José Hernández no se quedó, emigró como tantas otras y le dio a su hijo la posibilidad de alcanzar un futuro totalmente distinto. El contraste de ingresos y de oportunidades entre México y Estados Unidos es tan grande, que por eso México sigue y seguirá siendo por muchos años un país expulsor. Un país del que se han ido ya millones de personas.

Para darnos una idea, hoy radican en USA cerca de 12 millones de personas nacidas en México, el 10% de la población total de México.

Es aquí donde aparece la incongruencia que enoja, que debe enojar, cuando el gobierno y los políticos mexicanos tratan de convertir a la historia de José Hernández en un cuento de orgullo nacional, donde aparece el cuento del astronauta mexicano y nos inventan la historia de superación personal de un
mexicano, como si fuera de verdad un logro nacional.

En cuanto apareció en el radar la historia del astronauta José Hernández, de inmediato se activaron todas las maquinarias de la propaganda y el marketing gubernamentales, en el Congreso de la Unión y del Ejecutivo Federal se movilizaron las agendas y los medios para de capitalizar al máximo al
supuesto astronauta mexicano.  El objetivo: convertirlo en orgullo nacional, pues ante la falta de triunfos reales, cualquier gol de la selección, medalla, ó premio de literatura es bueno para levantar el ánimo y la moral nacional caídas en un país en crisis, complicado y muy emproblemado.

Calderón, personalmente paseó a José Hernández por el país, lo convirtió en súper estrella, hubo entrevistas en los medios, visita al Congreso, homenajes, políticos que querían retratarse con él, regalos, las llaves de la ciudad, plaza con su nombre y sobre todo.. discursos, muchos discursos.
Discursos que hablaban una y otra vez del orgullo nacional, de la superación personal y de la capacidad de los mexicanos.

Pero la realidad es otra, aunque nos duela, José Hernández no es un orgullo nacional. Su historia de éxito no es nuestra historia de éxito y menos una historia de la que pueda sentirse orgulloso nuestro gobierno o nuestra clase política. El  es estadounidenses y tiene raíces mexicanas, tiene acceso a la
nacionalidad mexicana, por derecho de sangre, y él mismo se identifica mucho con nuestra cultura. Pero ese no es el debate, pues la historia del astronauta José Hernández es totalmente estadounidense. El mérito es de otro sistema. José Hernández se hizo en otro país, con otras políticas públicas, con otro gobierno y con otras leyes. En todas las imágenes vimos a un miembro de la fuerza aérea estadounidense, enfundado en su uniforme azul, portando con orgullo la bandera del país que le dio la oportunidad de tener la educación de calidad, la salud, las condiciones y el ambiente de libertad necesarios, para alcanzar sus metas.

Inventar el cuento del astronauta mexicano por parte del gobierno, es como robar un pedacito de gloria.

Mendigar triunfos ajenos. Usurpar éxitos imposibles, en un país que no atina el rumbo para convertirse en serio en un México ganador.

El Presidente de México Felipe Calderón dijo en uno de los homenajes: “la brillante historia de vida de José Hernández es y debe ser un ejemplo para los mexicanos.” ¿Lo dice en serio? ¿Cuál es el ejemplo Señor Presidente? ¿Irse? ¿Nacer en Estados Unidos? ¿Migrar? ¿Qué las familias mexicanas migren a tiempo? ¿Hacerse norteamericano? ¿Buscar allá las oportunidades que no se tienen aquí?

La historia de éxito de personal de José Hernández, es al mismo tiempo la historia del fracaso de la política económica, de la política social y de la política exterior del gobierno mexicano. Es la historia del fracaso de éste y de varios gobiernos mexicanos.

Su historia debería darle vergüenza a una clase política incapaz de ponerse de acuerdo y de generar un proyecto de nación para los millones de José Hernández que están repartidos por todo el país, y que no quieren ser astronautas, millones de mexicanos a quienes sólo les bastaría con poder
comer, con tener un mínimo de salud, un piso que no sea de tierra o saber leer y escribir.

José Hernández dijo en una entrevista: “Lo que me sorprendió mucho es cuando vi al mundo como uno: no había fronteras, no se podía distinguir entre Estados Unidos y México”, pero lo cierto es que sí existen las fronteras. Su familia cruzó una de ellas de manera ilegal. Lo cierto es que sí existen las
banderas y las diferencias. Sí existe una frontera que hace a dos países muy distintos.

*La lección es muy clara: si José Hernández se hubiera quedado en México, quizá hoy estaría sirviendo la cena…